REYNAZUL.

sábado, 22 de agosto de 2015

"Ana Baron", una periodista incansable que fue puro talento Murió en su casa de Manhattan. En los últimos 15 años fue corresponsal de Clarín en Washington. También era una destacada escritora. Tenía 65 años.

Murió en Nueva York la periodista argentina Ana Baron. Tenía 65 años y cáncer, como admitió con pasmosa serenidad y una tenue sonrisa que parecía eterna en su rostro, en diciembre de 2013, cuando pasó por Buenos Aires en lo que sería, no lo sabíamos, su despedida de compañeros, amigos y colegas que tuvieron el placer enorme de conocerla y de compartir parte de esta profesión que Ana ejerció con talento y con responsabilidad. Ana murió en su casa de Manhattan rodeada por sus íntimos, su marido, Pablo Spiller, sus hermanos y sus amigas del alma, Lisa y la fotógrafa Adriana Groisman. 
Durante cuatro décadas fue una periodista destacada en Francia y en Estados Unidos, y también en cualquier país al que la llevara un hecho noticioso: fue corresponsal y trotamundos, que es una de las formas más apasionantes de ser periodista, una tarea que Ana respaldaba con pilares que hoy parecen olvidados: una sólida cultura de la que jamás hizo alarde, una profunda curiosidad y unas ansias constantes de informarse para informar mejor y una energía a prueba de balas.
Las violentas turbulencias políticas de la Argentina de los 70, hicieron que se radicara en París, donde egresó de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales y de la Fondation National Sciences Politiques de París. En esos años, armó la corresponsalía en París de la Editorial Atlántida junto a sus colegas Danielle Raymond y Silvina Lanús. 
Era muy alta, muy elegante, delgada, espontánea, divertida, con una risa contagiosa que brotaba con la misma facilidad con la que a menudo brotaba su ironía, su ingenio picante, sus análisis profundo. Esas cualidades le valieron dos atributos: conseguir las notas más difíciles y, como consecuencia, el apodo con el que la designaron sus colegas: “Ana de los milagros”, en recuerdo de un film de los años 60 dirigido por Arthur Penn. 
Ana fue también una brillante escritora. En 1988 publicó en París Les Enjeux de la guerre des Malouines (Las estacas de la guerra de Malvinas) y, en Estados Unidos, Bill Clinton – Keys to Understand His Government (Bill Clinton – Claves para entender su gobierno) Participó en un libro colectivo que, quién sabe, no fue un intento de desentrañar su propia historia y el drama de los exiliados argentinos “Por qué se fueron – Testimonios de argentinos en el exterior” (Why they are gone – An Study on the Argentinean Exile). En 1985 Ana dejó Francia para radicarse en Estados Unidos, donde siguió como corresponsal de Atlántida hasta que, en 1998, abrió la oficina de la corresponsalía de Clarín en Washington, en el edificio de la prensa de Washington, donde los encargados de prensa y voceros de los presidentes la llamaban por su nombre de pila. Pero no como Ana de los milagros.
En estas horas tristes que siguieron a la noticia de su muerte, alguien recordó algunas de las salidas brillantes de Ana. Cuando detuvieron a José López Rega en Miami, el grupo de periodistas argentinos que cubrió la noticia fue a la cárcel para intentar entrevistarlo. Aquel monstruo no quiso dar entrevistas y todos los periodistas fueron invitados a dejar la zona, acompañados por un jeep artillado. A pocos kilómetros, los colegas de la televisión encendieron sus cámaras para que otros colegas dieran testimonio de lo que había pasado. Ana, con su voz que a veces conocía la estridencia, proclamó: “Ah, no. Cuando los periodistas entrevistan a periodistas, es hora de irse a casa”. Subió a su auto y no la vieron más.
Entre sus más recordados trabajos figuran la cobertura de las campañas presidenciales de Bill Clinton y de George Bush, o el seguimiento, meticuloso y detallado, del ascenso de Barack Obama a la escena política estadounidense. La Baron, porque también así era conocida en el afecto de sus colegas, fue una cronista extraordinaria, de calle y de batalla. Sin embargo, y porque parecen territorios antagónicos, también fue una brillante analista política, en especial de las siempre difíciles relaciones entre Estados Unidos y Argentina. Tenía acceso amplio a las fuentes del Departamento de Estado y sus artículos pusieron en claro en muchas ocasiones que lo que a veces se tomaba en Buenos Aires como un apoyo de Washington, no lo era.
Ana fue enviada especial a muchas cumbres internacionales: las de los presidentes de la región, las del Grupo de los 20, las asambleas del FMI, entre otras. Sus notas sobre la reacción de Bush en la cumbre de Mar del Plata de 2005, cuando anticipó la caída del ALCA, el Acuerdo de Libre Comercio para las Américas) fueron una primicia que reprodujeron después varios diarios del mundo.
Ejerció esta profesión, que ya empezó a extrañarla, con una pasión y una vehemencia sólo equiparables al amor que sentía por el periodismo. No tenía, como puede presumirse acaso en forma equivocada, una personalidad que dejara trasuntar rigor, severidad, acritud. Era de una ternura y de una calidez impresionantes. Había descubierto, ya adulta, una pasión oculta: bailar el tango. La acometió como acometía todo en la vida y cargaba, sobre los hombros de sus vestidos elegantes, un bolso con la ropa y los zapatos de baile. Incorporó a los varios idiomas que hablaba con fluidez, el sutil lenguaje del arrabal porteño. En Washington aplaudieron ya no sus análisis políticos, sino su destreza en el dos por cuatro. Pero la gloria para Ana era que la sacaran a bailar en la exigente milonga de Buenos Aires que frecuentaba en sus viajes:Niño Bien.
Quienes estuvieron junto a ella hasta el final, han tenido la bondad de contarlo porque saben que ese relato breve la define mejor que estas crónicas irremediables y dolidas.
Sedada para evitar los zarpazos del mal, entre ramalazos frágiles de su tenaz conciencia, cronista de su propia vida hasta los últimos segundos, se despidió con una frase que era muy suya y que también será extrañada:
-Chau, Pichis.
Chau, querida Ana.
Por Alberto Amato Fuente: clarin.com
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